Las pérdidas y los fracasos, así como las victorias y los éxitos no están determinados por la extensión de los años. Cuando chica me preguntaba qué pasaría si un día llevara el nombre del año y tuviese aquella connotación. Un día que se hiciera eterno, donde existieran 182 noches en una, ¿seriamos capaces de hacer, deshacer, plantear y replantear?, ¿seríamos más conscientes que la oportunidad es sólo una esta vez?... quizá mis utopías infantiles sean un montón de historias frustradas que se estancan en las horas, pero sueño aún con una vida donde no importe el paso del tiempo, ni los finales que tanto nos alivian, como si esperaramos constantemente que una tijera cortara un rollo de papel que debe ser quemado o guardado celosamente en un cajón. Aún así, ya no es posible abrir las historias pasadas para saltar dentro de ellas como cuando un libro te invita a formar parte de sus hojas; tú te quedas con lo que quisiste quedarte, lo demás es lectura reservada para otros ojos.
Reconozco que el exitoso invento de los años, llega a mi vida de sorpresa, en mi linealidad, esos cortes filosos son un hito raramente esperado. Da lo mismo cuantas veces tú y el resto del mundo crean comenzar de nuevo, el punto es que todos los momentos son los indicados, y para ello no hay calendarios que valgan. Esta vez no es diferente, pero un poco más especial que antaño: empapada de vivencias que dieron el vamos al comienzo de la adultez, me intriga la continuidad de ésta. El hecho que se de junto con un nuevo año es simplemente coincidencia. Insisto en el empate de bonanzas y calamidades como escuálidas muestras de una siembra adolescente. Reitero la ignorancia de la vida respecto a los cuadritos con forma de meses que le hicimos los perdidos. Agradezco las presencias y ausencias que hacen menos tediosa la eternidad y que recuerdan cuántas veces nosotros también pudimos haber olvidado algo o alguien en el camino, porque nuestra fragilidad o fortaleza no depende del cambio de número al final de un milenio, más bien depende del uso equilibrado de la razón que el ser humano inventó para invalidar los sentimientos. Hemos creado tanto y nisiquiera sabemos ocupar la mitad.



