Mi casa es un templo del silencio. Nadie me altera la paz de la siesta y las horas de estudio. Es más; soy yo la que irrumpe con el ruido del teclado o la música pasajera que aveces se queda pegada en los oídos, latiéndote mientras estudias. El asunto es, seguir en silencio. O hablar con la nada. Suelo pensar con palabras e imágenes. Siempre se me cruzan eventuales diálogos por la cabeza, diciendo lo que quise decir en el momento indicado, cuando en realidad vomité una palabra parecida. En mis pensamientos, en realidad, soy más agresiva de lo normal. No, no me creo ruda, pero hiero continuamente la sensiblidad ajena. No me importa tanto como podría pensarse, pero el control se escapa de mi vocabulario, de mi reacción, como si fuera una brasa que arde cada vez más, con cada provocación. No puedo retener esta rabia acumulada, no puedo olvidar el daño y día a día, me presento ante el mundo con la coraza tan irrompible que a muchos ha llevado a desistir. Algunos, menos de los dedos de mi mano, han logrado, al fin, comprenderme. Y ello me da fuerzas para no detenerme. No sé si estoy mal yo, o el resto del mundo definitivamente es más feliz con la hipocresía. No lo sé, pero me duele la incertidumbre. Ahora que he conseguido las palabras que quería oír, me siento titiritera de mis días y cuando las cuerdas escapan a mi control, el mundo cae a pedazos, todo se descompensa. No quiero tener tiempo para pensar, y me asusta tanto esta instancia, este instante que puede ser para siempre, pero que una vez más, llevaré callado en mi pecho, avergonzado de mostrar sensibilidad, porque es aquello que detesto.
Gracias por haberme hecho llorar, me hiciste recordar cómo es sentir que una gota moje tu rostro y sacie la sed de ternura en la muerte de tu boca.
Lamento que las personas, conforme van creciendo, pierdan la capacidad de emitir un mensaje con la lágrima, y prefieran las palabras secas, las miradas asesinas, los desprecios y la puñalada por la espalda, el doble estándar, la mentira, la hipocresía, la prisa, la envidia, la maldad, el egoísmo, el estrés, y lo peor: el miedo. Ya no podemos caminar tranquilos, cada paso al frente puede ser el último, y aunque he tratado de vivir los días como el last, arrepentirse es lo peor. Eso no pasaba a los 5 años, eso no sucedía cuando tus padres besaban tu frente al anochecer, y tus sueños rosas eran lo mejor que te podía pasar, el sol saldría sí o sí al otro día.
¿qué nos pasa vida?
qué nos pasa...
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Friday, November 16, 2007
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