Te encontré niña escurridiza. Te hallé donde menos lo esperaste, ven y dime ahora; ¿hacia dónde ibas?, ¿qué querías?. Esa vez estabas hablando sola, sumida en ese soliloquio que tenías guardado en tu memoria por la excesiva repetición de los momentos que te parecieron merecedores de colirio en tus ojos. Así es como te vi llorar cuando caíste bajo tu concepción de pesar que nunca te pudo hacer parecer la mujer segura que querías. Eres aún una pequeña parte de este rocío que se esparce en las mañanas frías. Aún sueñas con el traje azul que vestirá. Aún te calzas de seda en las noches para que Morfeo acaricie tus hombros suavizados por la ternura que exhala cada poro de tu piel. Sí, mi niña, aún te cepillas el pelo para no perder ni un trozo de aire entre tus fibras luminosas. Y eso que decías, que las dudas no importan, que se vive a desgano, que los días son un monótono ritual de caras felices y miradas traicioneras. Ahora bien sabrás, viene el mea culpa que es tan necesario en este momento de tu existencia: sé que te dejé sola mucho tiempo, entiendo que comenzaste a descifrar a tu manera los códigos del amor, entiendo que todo lo que te faltó, fue escucharte desde que creí que estabas lista para salir a volar en medio de este enjambre de vivencias extrañas. Vamos a comprender juntas todo lo que nadie entendió y la calma se hará un domingo eterno que se despoja de toda obligación para abrigarte. Te quiero. Feliz Día.
Sunday, August 05, 2007
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