Tuesday, July 24, 2007

Clamor vacacional

Las vacaciones han sido sintomáticas. Tuve un fugaz encuentro con aquella lista que se veía victoriosa por aumentar sin pálpitos claros. Sigue incompleta. Así regreso al más puro y obsesivo comportamiento que me caracteriza. Hablo sin perder cuidado en introducir las palabras en su oído. Y extraño otra vez la inspiración que me causaba temblores y hacía mover mis dedos como el rito sagrado que se consuma en un poro que suda confusión. Me lleva y trae como quiere. Juega al olvido como tantas veces lo hice con números que contenían nombres. Me desconcierta hasta el punto de querer gritarlo todo para saciar de pronto, tan solo un poco, este síntoma primaveral que me acecha desde que el reggueaton era un vals. Exótico, como lo que respiro, dispar, como los trozos que tengo para recoger y ponerme a recordar. Y aprendí, te juro que ahora sé cambiar lo superficial por lo interno, y lo instantáneo por lo eterno. Comprendo que perder, es algo que también me puede pasar. Y ese maldito loco afán por vivir de prisa. Y esas bases que sonaban hasta exasperarme. Aún así nada importa si te acarician el cabello de madrugada, confundido con la noche, aturdido entre sonmolientos pasos a tu ser. Es cuando me vuelve la obsesión, me hace comprender que no olvidé el trabajo de palpitar por dentro y sentir que un latido más puede marcar la diferencia entre lo que ven, y lo que se quiere demostrar al caer en brazos ajenos a tus márgenes de error.





Penumbra citadina

... este paisaje en mis ojos, lleno de árboles amargos, sombras frías, calladas aceras, el constante zumbido de la lluvia... un perro se moja medio cuerpo tras un puente, un aullido desafía la paz de la calzada, no entiendo este vacío tan lleno de mí, no quepo...

milagros de tristeza que se sacian de sed, bajo las tormentas implacables, en un cuerpo encerrado en una urbanidad olvidada, que mira las semanas por ojos cristalinos, entre arena pulida y lágrimas, ya veo este atardecer ardiente, otra vez quemándome los años...

no quiero saber que las espinas se adormecieron sin arrancarme una lágrima de sangre otoñal, que el aire no vibró en la desnudez de un pétalo, no quiero saber que las rutinas me ensordecen, que no oigo mis respiros reales, y que voy enloqueciendo despacio, lento, dándome el tiempo para contar cuantas semillas botó el duraznero, guardarlas en mi bolsillo y creer que cobijo el porvenir de mi dulzura y madurez.

Una grana mojada, tan mojada que blanca y cálida arropa los colores del verano. “Serán usados, serán usados” y aunque este lecho guarde mi cuerpo intacto, una chaqueta gris y bufanda de tierra me usarán a mí.

No entiendo, y tampoco trato de entender que un jazz suene a melodrama, en un punto iluminado del espacio vacío de la ciudad, que aguardaba por el encuentro de lo simple, cuando se haya la certeza del sentir.

 

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