El carrete. El festejo del porque sí, el del porque no. Por suerte, desgracia, o porque es no más, el asunto perdió toda su magia. Dejé de interesarme en los bailes exóticos, en las rondas de cerveza y ver el amanecer con zumbidos en la cabeza. Es incomparable la paz de estar en la casa, de dormir y sentir cada ruido de la calle como si fueran las mejores canciones para largarse a volar. Me preocupa el no sentir las ganas terribles de vestirme con la mejor combinación y moverme hasta terminar sudada para ir a tomarme un vaso lleno de chela. Quiero estar tranquila. Sin ruidos, ni golpes, ni luces, ni ese ambiente extraño de las discos. Sin gritos, ni toques, ni miradas, ni histeria. Porque a la salida, cuando todo aquello que ahora es indeseable termina, estás sola, incluso más sola de cuando entraste. Un colectivo pasa, una micro agolpada de gente ebria y tú, que estás en otro planeta, pensando en tus propias desgracias que por un momento fueron la mejor razón para olvidarlas. Por eso, cambio mil millones de veces todos los falsos argumentos de una noche, por estar en casa abrazada a tí, en ese sillón donde a penas cabe nuestra complicidad.
Huidobro, Neruda, Benedetti y Rimbaud nos invadieron como nunca antes. Mira lo que me hiciste.