Wednesday, August 13, 2008

Ella no es

Quiere que todos crean que está bien, pero ella sabe que sus manos se cansan de reinventarse a cada instante para sostener un lápiz gastado de negro enlutado. Todo le sabe a victoria sucia o a falacia inmanente a las místicas noches de anís amargo y líquido. Tiene miedo, pero no lo dice. El chocolate agraz no hace otra cosa que romper sus labios profundos y amplios. No llorar y no pensar parece la causa más simple de presenciar aquella película mal catalogada por críticos desconocidos.

Sabe que siempre debe alzar los brazos al despertar, pero nunca le ha dado tregua a la responsabilidad de enfrentar la normalidad rutinaria de otros. Toma un vaso y lo llena sin saber cómo. El agua se ha ido secando en su propia piel. Le duele el pecho, la sien, y el ruido de la sangre corriendo por todos los rincones de su cuerpo la desconcentra en la faena de la purificación. Es insegura pero no lo cuenta. Para eso, mejor tejer con el crochet olvidado por el tiempo y depositado en un cajón por el destino. Flores, a ella no le gustan las flores.

Se pregunta de todas las formas posibles sobre la debilidad tan despierta que lleva consigo, y la muerte tan pronta de su juventud. Hace un par de años dejó de lado la vitalidad y el ser interior que le daba respuesta a todo. Nada parece tener sentido ahora, todo es un confetti de sucesos banales, marchitos y falsos; integrantes de la podredumbre natural que le ha encogido el alma.

Extraña la fiereza, la línea roja antes de cruzar el límite de la pulcritud y la vela que se asoma allá lejos... en un zizagueo incalcanzable, indescifrable, mudo, frío, áspero y laudatorio. No hay para qué mentirse: ella sabe que la única esperanza es mirar con los ojos más abiertos que nunca, lo que jamás se ha detenido a observar. Y ella se mira de pronto, su cuerpo, sus intentos y aquellos sueños de ayer que reiteradamente se esparcen en el presente. El trastorno del pasado, la posibilidad de recordarlo todo, justo cuando nadie viene a preguntar por sus escombros.

La niña se ríe de la vida, llora junto a ella en un rincón del tiempo. Huele a desesperación, huele a cerradura oxidada... no se culpa, ella sabe que no es más que un montón de líneas que le refrescan el sopor de la apertura ínfima de una herida inventada, como todo lo que sueña, todo lo que dice y todo lo que ve...

Diplomacia

Esto de la diplomacia es extraño. Hace cinco años no tenía muy claro lo que era, pero ahora es una práctica constante. Supongo que mientras vamos "avanzando" (para no decir madurando), nos vamos haciendo cada vez mas diplomáticos, hasta el punto de pensar que es una verdadera farsa y que la palabra más correcta, a suerte de sinonimia, sería hipocresía o en su defecto, cinismo.

Cuando era chica (más), decía las cosas tal cual. De hecho, es un comportamiento habitual en los niños, porque nada nos importa, porque nuestros viejos daran la cara por nosotros o porque simplemente no tenemos ninguna imagen que proyectar en la sociedad. Por ejemplo, hoy una niña iba llorando en el bus y le gritaba a la mamá: "¡me quiero sentar solaaaa!", "¡tu siéntate allá!" y nadie le decía nada ni la miraba raro, porque es una niña y los niños dicen la verdad. Ojalá nunca conocieran la forma verbal embellecida del cinismo, llamado diplomacia.

Y así. Hace algún tiempo me tuve que ver enfrentada a esas situaciones donde te topas con personas que por una u otra razón no hablaste más, y ese silencio que se forma, da paso para sicoseos y empezar a pensar que fulanito o manganita nos tiene mala y que si me ataca también atacaré. Pero en el momento de los qué hubo, nada de eso se lleva a la práctica, todo se desarrolla en la mas perfecta armonía, de hecho, si lo intentas, hasta puedes entablar una converasación o tirar la talla... sí, así de freak.

En esos instantes me entra la duda... ¿esto es diplomacia, dotes de actriz, hipocresía o de plano cinismo?, no lo sé. No siempre se puede distinguir el negro del gris, y de verdad, es mejor no tratar de hacerlo. Pero sí nos podemos poner a pensar en cuántas veces hemos conseguido cosas por ser así, con algo de falsedad de por medio. Supongo que "los más grandes" tenemos mucho más que ganar que los niños (?) y por eso nos comportamos del modo que sea con tal de lograr ciertos objetivos: desde hablarle con sumo respeto al profe al que le sacarías la madre, el perro, el gato y las pulgas, hasta tratar de convencer a un guardia horrible para que te deje entrar a la disco. Hay de todo. Y no digo que sea mi caso.

Por ahora, dejo aquella confusión de términos en niveles ajenos a mi compresión, eso sí: preferiría entenderlos desde la teoría que llevarlos a la práctica y no ser uno más de tantos que viven con la sonrisa falsa y el pecho lleno de basura. Muchas veces me dijeron hiriente, extremista o de plano atrevida, pero lo gracioso es que con tanto que dije, nunca recibí respuesta a cambio. Todo es parte del modo conjuntivo del uso de la preferencia del lenguaje kinésico para efectos de convivencia en este mundo de locos.

 

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