Hoy estaba sentada esperando mi turno en la sección post-venta de Entel. Generalmente, cuando las personas están ahí sentadas no hacen más que mirarse, mirar el suelo, el techo y los folletos que no contienen más que letras revueltas. A mí me pasa que cuando estoy esperando algo, nunca le encuentro sentido a lo que me rodea. Al frente mío había un niño de aproximadamente 5 años, que se sentó pacientemente en la silla que dejaba sus pies colgando. A su lado, de pie, su madre delgada, alta, con minifalda y polerón. Se veía una mujer tranquila, bastante conforme con su hijo, pero con pocas ganas de ponerle demasiada atención (tal vez sufre del mismo problema que yo: el no poder concentrarse en dos cosas mientras esperas un maldito turno). La cosa es que los vi salir del local antes que llegara su momento de entrar al módulo, el cual era posterior al mío. Unos minutos después volvieron. El niño venía comiendo un barquillo de lúcuma chocolate que venden en una confitería cercana a Entel, y la mamá traía en su mano un paquete de trufas. Él le preguntó si podía comer una, a lo que la madre le contestó:
-no, porque éstos dulces traen licor.
-no te entiendo
-eeeemmm... traen copete...pisco.
-¿cómo?, explícame.
-mmmm a ver... estos dulces traen vino... adentro tienen vino, entonces no todos pueden comerlos.
Las explicaciones de la madre me ponían nerviosa, me daban ganas de meterme y ser un poco más didáctica para mostrarle las propiedades de una trufa a un niño de 5 años, que, mal que mal, no le hubiera hecho daño una probadita. Pero claro, como esa trufa traía "copete, pisco y/o vino", tampoco se me hubiera antojado un mordisco posterior a la explicación (muy apegada a la realidad, por cierto...). El niño se quedó pensando un momento, mientras lamía con gusto su helado, y luego dijo:
"Entonces lo pequeño siempre gana, porque está adentro pero nadie lo puede ver... entonces vence a los otros".
En ese momento, les juro que lamenté que su madre no le haya puesto atención, no haya comprendido el tremendo nivel de análisis de su hijo y no tomara en cuenta la tremenda enseñanza que su retoño le había dejado a una tipa aburrida que esperaba su turno. El mío llegó antes que me atendieran. Lo pequeño, en boca de ese pequeño, sí que fue grande.