Doscientos novena y seis. Suficientes para conocerme de arriba a abajo y aún más. Siempre se los entregué al viento, a ciegos videntes y a situaciones inexistentes. Remitentes vendados de ignorancia, destinatarios sordos y un público pasivo que cada vez me entiende menos. Siempre con un cigarro en la boca, siempre escuchando música lenta. A veces en silencio, a veces sin pensar en nada más que en eliminar lo más pronto posible la ansiedad. Termino y cuando lo hago lo vuelvo a mirar. Es mi pequeño desliz, es la ceremonia ínfima a la que nadie puede asistir. No sé donde irán a parar esas eternas historias, esos breves trozos, esos complejos sentimientos. Doscientos noventa y seis textos publicados, miles de lectores, millones de secretos y deseos ahí. Sujetos a la fugacidad de internet, atrapados por la dimensión del tiempo que los pintará del sol dormido. ¿Alguna vez podré tener en mis manos aquella construcción materializada de la espera? ¿vengo o voy desde este camino que decidí recorrer sin más prentensión que el delirio de escribir?. Doscientos noventa y seis, y me parece uno solo. Quizá lo es. Quizá siga siendo mi verdad extasiada, decirlo todo con la mala costumbre de colocar eufemismos y metáforas nubladas. No me jacto de nada, ¿cómo presumir de la propia extensión del pensamiento? Ahí estoy yo, desnudándome en cada palabra. Es eso lo que hago cuando escribo con fuerza, clavando cada letra en la hoja, conectándome, comprendiéndome y gritando a los demás lo que no se atreven a escuchar de mi boca. Este discurso interminable que corre como agua por tanta colina que me fue otorgada.
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Friday, March 21, 2008
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