Quiero decir tantas cosas...
nunca creé este blog para hacerlo una especie de diario de vida, tengo mi lápiz y papel para ello. La seguridad y la confianza de escribirlo todo ahí, para leerlo de vez en cuando y aprender, reír o llorar. Esto tiene otro fin, y creo que he seguido la línea "de todo un poco" cuando escribo en códigos, cuando no se puede ver claramente el referente. Cuando está dicho, pero incompleto, pero callado.
Hoy por hoy me siento ahogada, y aunque lo quiera escribir en páginas y páginas del diario a líneas, no me bastará. Necesito decirlo, pero no lo haré ni aquí ni ahora. Necesito el regocijo de la intriga que a nadie importa.
Ayer unos tres compañeros se dieron cuenta de mi cambio de actitud. Puta que me cuesta sonreír. Pero aquello me dio fuerzas para seguir, para comprender que guardarme la rabia y tratar de canalizarla, sirve de algo. Como que la atmósfera se torna más suave, las palabras más limpias y el ambiente más grato. En el fondo, cada uno construye su espacio, y yo me cansé de detestarlo. Había que arreglarlo. Aquél íntimo enemigo que malvive de pensión en mi corazón.
Hoy otra persona me dijo todo lo que proyecto, todo lo que soy en el fondo. Aquellos que ven la cara seria, la inaccesibilidad, el miedo, el rechazo. Y sí, hay que seguir cambiando el modo. Los efectos también son otros. Pero por alguna razón, me vino la pena. La melancolía, esa que siempre he percibido con gusto a licor de menta. No sé por qué, pero te deja algo frío recorriendo el cuerpo.
Y está por otro lado la imposibilidad de la entrega. Está el egoísmo de no querer compartirme. Está el deseo de enmienda, el comenzar una segunda parte de la historia que sé que jamás releeré. Quiero llorar en los brazos de mi antagónico personaje, quiero repartirle los besos que poco a poco voy sintiendo y despedirme de la mejor manera posible de lo que nunca podrá ser. No entiendo por qué lo traje a estos sectores inestables. Al sentimiento débil y al cuerpo silencioso. Jamás emito frases desde la piel. Mi boca lo hace todo desde el verbo frío, mis manos llenan páginas y ahí se va la corriente del deseo.
Por otra parte, me volvió el trauma carrerístico/el futuro/el mañana que no ví. No sé si detenerme para comenzar de cero, o seguir para comenzar de nuevo también. No puedo concentrarme en un futuro negro, no puedo motivarme en un cajón de manzanas en oferta. Amo con todo mi ser el lenguaje, amo con locura las letras, amo la canción de la lírica y el delirio de la retórica. Pero por más que trato, por más que lo intento, no veo mi cuerpo corriendo tras otro, persiguiendo la cuña, la entrevista, la declaración vacía.
Ayer unos tres compañeros se dieron cuenta de mi cambio de actitud. Puta que me cuesta sonreír. Pero aquello me dio fuerzas para seguir, para comprender que guardarme la rabia y tratar de canalizarla, sirve de algo. Como que la atmósfera se torna más suave, las palabras más limpias y el ambiente más grato. En el fondo, cada uno construye su espacio, y yo me cansé de detestarlo. Había que arreglarlo. Aquél íntimo enemigo que malvive de pensión en mi corazón.
Hoy otra persona me dijo todo lo que proyecto, todo lo que soy en el fondo. Aquellos que ven la cara seria, la inaccesibilidad, el miedo, el rechazo. Y sí, hay que seguir cambiando el modo. Los efectos también son otros. Pero por alguna razón, me vino la pena. La melancolía, esa que siempre he percibido con gusto a licor de menta. No sé por qué, pero te deja algo frío recorriendo el cuerpo.
Y está por otro lado la imposibilidad de la entrega. Está el egoísmo de no querer compartirme. Está el deseo de enmienda, el comenzar una segunda parte de la historia que sé que jamás releeré. Quiero llorar en los brazos de mi antagónico personaje, quiero repartirle los besos que poco a poco voy sintiendo y despedirme de la mejor manera posible de lo que nunca podrá ser. No entiendo por qué lo traje a estos sectores inestables. Al sentimiento débil y al cuerpo silencioso. Jamás emito frases desde la piel. Mi boca lo hace todo desde el verbo frío, mis manos llenan páginas y ahí se va la corriente del deseo.
Por otra parte, me volvió el trauma carrerístico/el futuro/el mañana que no ví. No sé si detenerme para comenzar de cero, o seguir para comenzar de nuevo también. No puedo concentrarme en un futuro negro, no puedo motivarme en un cajón de manzanas en oferta. Amo con todo mi ser el lenguaje, amo con locura las letras, amo la canción de la lírica y el delirio de la retórica. Pero por más que trato, por más que lo intento, no veo mi cuerpo corriendo tras otro, persiguiendo la cuña, la entrevista, la declaración vacía.
Busco desesperadamente la filosofía que jamás entendí
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