Debe estar pasando algo muy bueno como para no acudir a la sesión sicológica alfabética. Tan bueno debe ser que me haga pensar más en lo sabroso que es el queso y comer de a poquito porque está muy caro, y cortarlo con las manos disfrutando su partición en dos trozos altamente imperfectos mientras ese desprendimiento suave se siente durante todo momento, hasta que las puntas se despiden y se separan definitivamente. En eso me quedo pensando un buen rato, y luego comparo el sabor con el jamón: ¿por qué siempre está mojado?, y moja al queso y así. Un pan con colores pasteles en la gama más sutil que se encuentra con tu lengua incluso más rosada. Yo no pienso jamás en el cerdo asesinado, y no lo haré porque ya tengo mi parte. Sí, en serio debe estar pasando algo muy bueno y agradable que me permitió comparar a dos seres mediante el maravilloso placer de comer a las 4:35 de la madrugada. Yo te digo, estoy bien dentro de esta perdición y no quiero entender nada, ni contar calorías porque son tan falsas como los aniversarios imaginarios que nadie ha de celebrar jamás. Entonces sólo se trataba de comer, respirar entre medio y esperar que cuando todo se digera previo dolor estomacal, yo esté comiendo un buen filete que conmemore la fantasiosa escasez repleta de ricos abores estivales, sólo estivales.
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