Cada cierto tiempo me equivoco en serio. Como un error desde su génesis, desde antes de haber sido error. Siempre regresa la pendeja que fui, que no se sabe controlar y que con cinco años más encima, sigue siendo la misma... en el fondo. Cuando lo pienso después del error, no parece tan terrible, digo: "pasará", pero nada pasa tan rápido cuando tus acciones ya no son sólo tuyas, y cuando las consecuencias conciernen a otros. Ese es el problema quizá, que yo me perdono muy rápido, más rápido que lo que el resto lo hace, o hará.
Después de un error, caminar por la calle con rostro de niño hace que todo sea -un poco- mejor. Ser invisible con tus ojeras horrendas, con tus bototos favoritos y gastados, con un abrigo de colores que destiñe con el invierno repleto de smog y grisáceo de un martes cualquiera de principios de agosto. Un tomate desaliñado en mi pelo, el rostro amarillento y la capucha.
Nada puede salir mal cuando eres invisible a ratos. Es reconfortante, es un momento sólo tuyo entre la gente que está ahí en la calle, esperando nada de tí. Tú sabes que mañana, o pasado, volverás a ser la misma que has urdido estos últimos años, y te sacarás la capucha y taparás tus ojeras. Volverás al trabajo con el pelo brillante, a sonreírle al caballero que cuida los autos, al compañero de pega que detestas y a gran parte del mundo. No te verás como niño, sino que como mujer madura, seria y preocupada de verse presentable.
El error lo habré olvidado mientras tenga la certeza que no me perseguirá, pero sé que en el fondo, es mi esencia. Las ganas o el cansancio por controlarlo siempre es lo que me atormenta. A veces gana el control. Otras, como hoy, ganó el cansancio.
Wednesday, August 06, 2014
En el fondo
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