Monday, July 20, 2009

Sofía y yo compramos por catálogo

La cosa que tiene Sofía la adquirió en el mismo catálogo que la que ando trayendo a mi lado, pero yo recibo las encomiendas cuatro veces al mes y desde más lejos. Hace poco lo vi subiéndose al auto mientras ella se abrochaba el cinturón con ganas de arrancar pronto de su propia inseguridad, siendo que la llevaba muy bien acomodada a su lado con cara de copiloto. Yo debería espantarme de su actuar y pedirle que frene lo más pronto posible, pero no tengo como seguirla entre calles cosmopolitas.
Cuando la conocí se veía callada y terminó acompañándome a una esquina a orinar entre escaleras sucias; al fin y al cabo, era otra historia más para contar en esas interminables noches de jueves desquiciados. Me acuerdo que dejé la razón acostada, bien tapada y con el estómago lleno en la casa, y me iba siempre con la cara llena de risa, las Converse a punto de estirar la pata, y mis pulmones a prueba de perforaciones, sin contar que mis piernas destartaladas y mi banano negro hacían malabares con aquél descenso interrumpido por los besos de esa cosa.
Llegó un momento en que no tuve miedo de salir a hacer ejercicios de coordinación en la pista de baile de ese cada vez menos frecuentado local. Allí, la cosa de Sofía me enseñó a bailar salsa, me giraba como trompo e incluso me pegó un combo en la nariz. Tenía mucha simpatía, talento para la música y cara de moscón bien muerto y apuñalado. Todo lo contrario a las cosas que me gusta consumir. Él, tan buena gente, incluso le compró un completo que ella rechazó porque no le gustaba la palta, mientras a mí me corría la baba con ese bajón del demonio. Debí haber puesto una cara de perro vago y somnoliento, porque me lo regalaron.
Esa noche no sé cómo subí hasta mi casa y menos cómo puder cargar mi cosa sobre los hombros. Pero aprendí algo importante: las mujeres no somos buenas para comprar por catálogo, tenemos una fuerza impresionante cuando el calor corporal se rie del frio de la madrugada y, lo peor, mi pobre zapatilla terminó con un hoyo terrible en la planta. Al otro día pensé que a Sofía jamás le hubiera importado, mientras veía que su auto se alejaba rápidamente con dirección totalmente opuesta a la devolución de productos defectuosos. Y como no me sirve su recorrido, tendré que ir a pie, aunque llegue sin zapatos.

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