Un acuerdo, un acuario, un canario. Sin nombres, con varios anonimatos a cuestas.
Somos lo que al resto le dejó de importar, aunque no me cese de inquietar la idea de cómo encontrarte en el supermercado, o como llamarte parada al centro de tu mítica capital. A veces cosmopolita, a veces misógino, a veces a la mitad. No me deben importar los nombres si vas a estar cuando los lunes vean el final del túnel, en un domingo donde nunca más sonó el teléfono.
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